Hoy te quiero contar una historia que te podía haber pasado a ti o a alguien que conoces.

Hace poco, una amiga me contaba que este invierno lo había pasado realmente mal trabajando para una empresa a la que prestaba servicios. La situación de conflicto que me contaba sonaba muy estresante y desmotivadora.

Durante todo el invierno había estado intentando hacer llegar a los responsables de esta empresa las malas condiciones laborales en las que tenía que desempeñar su trabajo (que por cierto le encanta y doy fe que realiza muy bien).

Pero cada vez que intentaba comunicarse con los responsables de la empresa la única respuesta que recibía era silencio o excusas para tratar la situación “más adelante”.

Mi amiga empezó a sentir que la estaban rehuyendo. Seguía realizando su trabajo, pero empezó a acumular impotencia y frustración mes tras mes al no sentirse escuchada y cada vez le costaba más mantener la paciencia y realizarlo con las mismas ganas.

Sentía tal rabia que no podía expresar que empezó a tener síntomas físicos. Perdió peso y se le caía el pelo.

Pero en vez de tratar de huir del conflicto o ponerse como la chica del gif que tienes aquí abajo trataba de ser asertiva y solucionarlo. No había manera, le seguían dando largas.

Hasta que de repente hace un par de semanas todo se precipitó y se encontró fuera de la empresa sin comerlo ni beberlo. Se la quitaron de encima de un plumazo, “para evitar conflictos”.

Imagina cómo se sintió. Se quedó con la sensación de haber sido explotada, sin haber podido expresar lo que realmente sentía

Me contaba que lo peor fue que no tuvo la oportunidad de cerrar correctamente varios años de trabajo muy intensos en los que había dado lo mejor de si misma y habían supuesto una gran apuesta laboral.

Como si todo lo que había dado en ese trabajo no hubiera servido para nada.

Fue un cambio tan repentino en su vida que unido a todo el estrés que había estado sintiendo y todo lo que se había estado guardando tuvo un gran coste emocional que la dejó K.O.

Quizá aguantó mucho. Quizá tenía que haber forzado una confrontación. Podríamos elaborar muchas hipótesis del tipo “qué habría pasado si...?”. Pero eso sería quedarse anclado en un bucle que a toro pasado no lleva a ningún lado.

El coste del conflicto no resuelto

Me han contado situaciones parecidas a las de amiga más de una vez en la consulta. Vaya, yo misma me las he visto en parecidas.

Situaciones, laborales o no, en las que de repente te ves en medio de un cambio que te pilla por sorpresa y en el que te encuentras con la sensación de que queda algo pendiente.

Porque es muy frecuente no decir todo lo que uno piensa y más cuando se trata de un contexto profesional en el que lo apropiado es mantener las formas.

[Tweet "Gestionar un conflicto de manera asertiva implica el poder cerrar los asuntos pendientes"]

A veces el cierre no se puede realizar in situ porque lo impiden factores ajenos a ti, como le pasó a mi amiga.

Otras veces porque prefieres pasar del tema y olvidarte de ello lo antes posible.

En ambos casos, esa sensación de conflicto no resuelto está asociado a una gestión emocional inadecuada que puede te puede pasar factura cuando te vuelvas a encontrar en una situación parecida.

Aparecen sentimiento de desconfianza e indefensión que no te permiten disfrutar de tu vida. Vas acumulando lastre emocional que se convierte en una pesada losa que cargar sobre tus hombros.

No merece la pena que te quedes con todo eso dentro, créeme. Al fin y al cabo, el conflicto forma parte de la vida y aprender a afrontarlo es clave para lograr una buena salud emocional.

conflicto_vida

Así que si alguna vez te ha pasado algo parecido, presta mucha atención al post de la semana que viene. En él te contaré las claves para que no te quedes con ese malestar y gestiones tus emociones de la manera más saludable para ti.

Mientras tanto cuéntame, ¿cómo solucionas tú las situaciones de conflicto?

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