gestion emocionalHoy me gustaría que empieces a ser consciente de cómo influye en tus emociones la manera en la que te hablas. Porque aunque no lo creas, hay pequeños detalles con los que tu autoestima empieza a hacerse cada vez más chiquitita. Hasta que un día te dice: “hasta aquí hemos llegado, darling”.

Ya te he hablado alguna vez sobre esto en el blog y en mis redes sociales (que por cierto, últimamente estoy muy activa en Instagram). Pero quiero que esta vez sea distinta y especial. Hoy no quiero abrumarte con teorías y estudios sobre psicología: quiero que hagamos un ejercicio práctico con el que mejorarás tu gestión emocional.

Este ejercicio lo practico en muchas ocasiones con mis clientes en consulta y por eso sé de primera mano lo bien que funciona a la hora de mejorar mejorar la relación que mantienes contigo y lograr una autoestima sana.

Para ir calentando motores, te propongo empezar respondiendo a una pregunta: ¿te descubres algunas veces pensando o diciendo cosas como: “esta persona me hace sentir genial” o “esta situación me pone muy triste”?

Por ejemplo, muchos pacientes llegan refugiándose en frase como: “su forma de actuar me hace estar así, mal…”

Ocurre que muchas veces, sobre todo cuando tenemos problemas de gestión emocional, solemos tirar balones fuera de una manera inconsciente a través de un lenguaje basado en el “me hace sentir”: “las cosas me hacen sentir” o “las personas me hacen sentir”. Tenemos esta expresión totalmente incorporada a nuestra manera de expresar emociones.

Sin embargo, la realidad es que ni las personas ni las cosas nos hacen sentir nada: somos nosotros los únicos que sentimos.

El lenguaje y el pensamiento se influyen mutuamente

Esta idea cobra importancia cuando tenemos en cuenta la manera en la que se desarrollan los procesos de lenguaje y pensamiento. La forma en la que hablamos influye la forma en la que pensamos, así como los pensamientos son capaces de modificar las palabras.

La fascinante relación entre el pensamiento y lenguaje ha sido ampliamente estudiada en el campo de la Psicología por grandes nombres como Piaget, Vygotsky, Bruner o Luria.  No te voy a meter aquí un rollo teórico inmenso, pero básicamente estos teóricos experimentales llegaron a las siguientes conclusiones:

  • La palabra hace posible la formación de nuestros procesos mentales.
  • La manera de hablar moldea la manera de pensar y ésta, a su vez, moldea la manera de sentir.
  • También la manera de pensar influye en las palabras con las que nos expresamos.
  • Aprendemos a hablar gracias a la interacción con otras personas.

Con esto quiero que entiendas la importancia que tiene el lenguaje en nuestra salud emocional. Esas frases que retumban en tu interior de vez en cuando están siendo decisivas para tu bienestar.

Es absolutamente normal que no prestemos la suficiente atención a esta manera de comunicación. Lo es porque la tenemos normalizada en nuestro interior, forma parte de nuestro ser, de la persona que somos.

Pero cuando empiezas a ponerle atención, todo cambia. Te das cuenta del poder impresionante que tiene el cambiar una sola frase. Cuando de pronto alguien no te hace sentir mal, sino que eres tú el que se siente así ante ese comportamiento. Cuando un acontecimiento no te hace feliz, sino que eres tú el que se siente así porque eso ocurra.

Cuando eso ocurre, comienzas a ser responsable de lo que ocurre en tu mundo. Tú y solo tú tienes el control sobre tu bienestar y dejas de otorgarle ese privilegio a otros.

Por eso, a partir de ahora, cada vez que te descubras diciendo en voz alta “me has hecho sentir triste cuando me has dicho eso”, lo cambies por “me siento triste cuando me dices eso".

Verás que sensación más potente.

Ejercicio escénico para mejorar tu gestión emocional

Ahora sí, quiero invitarte a interiorizar la diferencia que hay entre sentir y que te hagan sentir.

Para ello, vamos a hacer un pequeño ejercicio escénico: prueba a verbalizar cada opción imaginando un par de ejemplos personales. Uno, por ejemplo, podría ser “me haces sentir enfadada vs. me siento enfadada contigo” y otro “me hace sentir feliz vs. me siento feliz”.

Préstale atención a lo que sientes cuando haces ese cambio. Puedes cerrar los ojos y representar con una estatua a qué acción te conduce cada manera de expresarse:

Secuencia 1. ¿Cómo representarías en una estatua “me haces sentir enfadada…”? Quédate ahí congeladx unos momentos. Repite esto mismo con cada una de las cuatro opciones. Como idea, puedes mirarte al espejo a ver qué sensación te da cada una.

Secuencia 2. ¿Cómo sientes en el cuerpo, en tus emociones, cada cambio? ¿Qué hay diferente entre una y otra? Reflexiona unos momentos sobre ello.

Secuencia 3. Pregúntate qué estatua crees que es más real para ti.

Secuencia 4. De cada opción que has representado, ¿cuál prefieres?

Al hacer este ejercicio en consulta, el cambio es brutal. Mis clientes me dicen que en ambos casos prefieren el “me siento”, porque automáticamente pasan a ser tenidos en cuenta, a sentirse importantes y merecedores.

Pero además de esto, los beneficios de hacer este ejercicio y cambiar al “me siento” son:

  • Conduce a la acción.
  • Es un cambio que facilita la comunicación de emociones y permite expresarlas con asertividad.
  • Facilita decir no y poner límites.
  • Permite convertirse en el protagonista de la propia vida en vez de actor secundario.
  • Te reapropias de tus emociones, te empoderas y así tomar decisiones es más fácil.

Ahora tienes tú el poder. Cada vez que te descubras diciendo “esta situación o esta persona me hace sentir”, cambialo por un “me siento bien, triste o whatever con esta persona”.

Porque esa es la realidad. Nada ni nadie viene a decirte: “siéntete de esta manera”.  

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Con este ejercicio práctico tienes la llave para mejorar tu gestión emocional cambiando tu lenguaje. Ahora te toca a ti: ¿sueles expresarte diciendo “esto me hace sentir”?

 

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